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El eterno problema del desempleo en Tunja

Por: Marbet Moreno

Hace unos días se realizó una nueva feria de empleo en Tunja. Cientos de tunjanas y tunjanos acudieron con la carpeta bajo el brazo y la esperanza intacta de conseguir un trabajo formal que les garantice estabilidad económica. Sin embargo, la escena refleja una paradoja dolorosa: la ilusión masiva frente a una oferta estructuralmente insuficiente.

En el más reciente informe del DANE, Tunja registró una tasa de desempleo del 13,2 %, situándose como la tercera ciudad con mayor desocupación en Colombia, lo que traduce la dramática cifra de aproximadamente 11.614 personas sin empleo. Esta problemática dejó de ser coyuntural para convertirse en un paisaje recurrente al que no se le atisba solución de fondo. La informalidad y el «rebusque» no son alternativas elegidas, sino el salvavidas diario de la mayoría de los habitantes. Pero, ¿por qué resulta tan difícil generar empleo digno y sostenible en la capital boyacense?

A finales de la década de 1990, Tunja fue bautizada como la «Ciudad Universitaria de Colombia». Ese lema consolidó la imagen de un territorio acogedor, tranquilo y económico, ideal para albergar instituciones de educación superior y centros de formación en diversas áreas. Durante décadas, esta dinámica ha atraído a miles de jóvenes de diferentes municipios del departamento y de otras regiones del país. La educación se convirtió en el principal motor de la economía local, dinamizando el comercio, el arriendo de vivienda y los servicios asociados a la vida estudiantil.

Lo triste es que la visión estratégica de ciudad se quedó estancada en las aulas. Para él o la profesional recién egresada, las oportunidades de inserción laboral en Tunja son casi nulas, salvo por la alta dependencia del sector público y la contratación estatal, un nicho limitado y permeado por el vaivén político. La ciudad capacita al talento humano, pero no genera el ecosistema para retenerlo, propiciando una incesante fuga de cerebros hacia Bogotá u otras capitales.

Es frustrante constatar que, en pleno 2026, uno de los mayores lastres de Tunja siga siendo la falta de oportunidades. Hablamos de una capital estratégica, cercana al principal centro económico del país, con un inmenso potencial histórico, cultural, turístico y de emprendimiento, pero que parece incapaz de definir e impulsar su verdadera vocación productiva. Se percibe una ciudad detenida en el tiempo, donde las administraciones de turno y la conversación pública se enfrascan con frecuencia en discusiones baladíes, sin exigir ni diseñar verdaderas políticas de desarrollo económico. Mientras tanto, las ferias de empleo terminan operando como un paliativo mediático, muy distante de una solución estructural.

Para romper este círculo vicioso se requiere transitar de la asistencia a la formulación de una política pública de empleo seria y de largo plazo. Tunja necesita incentivos reales para la atracción de inversión privada, fortalecimiento del tejido empresarial local, articulación efectiva entre la academia y la industria, y una apuesta decidida por el turismo cultural y la innovación.

Mientras estos vacíos persistan, la capital seguirá figurando en los deshonrosos primeros lugares de desocupación nacional, reducida en el imaginario colectivo a una ciudad fría y estática. Quienes habitamos y construimos esta ciudad mantenemos la esperanza de que la dirigencia local adopte la altura del reto: Tunja no puede seguir siendo solo una cantera de profesionales que marchan a construir futuro en otras partes.

Facetas de Boyacá

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