Semana Santa en Tunja

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De acuerdo con las nuevas medidas decretadas por la Alcaldía de Tunja, por segundo año consecutivo, no tendremos la histórica procesión de Semana Santa, caracterizada por la solemnidad con la que se honra cada uno de los pasos que nos recuerdan la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. La procesión de Semana Santa fue instaurada en el s. XVI y desde ese entonces, también fue creada la sociedad de nazarenos, quienes por generaciones han protegido y salvaguardado esta tradición. Sin embargo, un virus, cambió el curso de la historia y las procesiones de Semana Santa, también han sido víctimas de la pandemia.  Por el momento, la gente podrá asistir a las ceremonias religiosas con un aforo máximo del 30%, esta fiesta solemne ha acompañado al pueblo boyacense por casi 500 años y dejar de celebrarla afecta de alguna manera la memoria cultural de nuestro pueblo.

Por ahora, nos quedan los recuerdos, el rostro sufriente de la Virgen de los Dolores que a su paso, nos hacía cerrar los ojos y hacer una meditación profunda sobre las mujeres que lloran a sus hijos; en contraste con la procesión infantil, quienes inevitablemente provocan las más genuinas sonrisas de quienes ven con ternura a un Jesús pequeñito llevando una red de pescados de cartulina; nos quedan la curiosidad por los enigmáticos penitentes con trajes de monjes franciscanos medievales y con el rostro cubierto por capirotes.

En el recuerdo también quedan los repiques de las campanas centenarias de las iglesias, los tambores y liras de las bandas estudiantiles anunciando la solemnidad de Semana Santa. Ya no podremos agolparnos sobre el atrio de la catedral, luchando por unos centímetros de espacio en uno de los lugares privilegiados para ver la procesión. Por segundo año consecutivo no nos invadirán los aromas de incienso y eucalipto, en cada una de las esquinas de la Plaza de Bolívar.

Por ahora, los cientos de nazarenos que por más de un año habían esperado para llevar con honor el colosal peso de cada una de las reliquias, vestidos con hermosas túnicas de fastuosos colores, seguirán esperando con devoción un año más, seguros de que el próximo, cumplirán con dignidad el deber que padres y abuelos les encomendaron como uno de los pedidos más sagrados. Tendrán que esperar, con paciencia a la próxima Semana Santa, para llevar sobre sus hombros el colosal peso de las reliquias, mientras tanto, conservaremos en la memoria, los ruidos de las calles atestadas de gente, buscando comprar el algodón de azúcar, las estampitas o las veladoras, animados por la fe que nos sostiene, pidiendo  pidiendo al cielo por aquello que en este país es un milagro, como el trabajo y un sustento diario; como también por una casita donde vivir o simplemente, para que les cambie al marido borracho; en Semana Santa, los ruegos son tantos como los días que cada uno llevamos a cuestas.

Esperemos que la declaración de patrimonio cultural inmaterial de la nación hecha en 2015, sea un aporte significativo que nos ayude a luchar por la conservación de nuestra memoria cultural y la identidad de nuestro pueblo; tan solo nos resta, pedir con devoción que podamos ser partícipes de esta hermosa tradición en 2.022, de la que estoy convencida celebraremos con la más profunda alegría.

Por: Sandra Ortiz

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